
Tengo algo para tí - me dice - no sé si te apetece o lo conoces, pero me gustaría que jugásemos juntos ¿quieres?
Una piedra lisa, negra y brillante aparece en la palma de su mano como un trofeo. No me había fijado en sus manos grandes y delicadas cuando te tocan.
Me abraza la cintura, me acerca hacia su cuerpo y caminando uno junto al otro me lleva hasta un salón de juegos. Huele maravillosamente y tiene el don de hacerte olvidar todas tus preocupaciones.
Tiene ese aura de galán y rudeza mezclados que lo hace de lo más deseable, hace que cualquier mujer pierda las formas para convertirse en una perra en celo.
Delante de él, me coge las dos manos y poniéndome la piedra en las mías, susurra: juega para mí a la Charranca.
Tiro la piedra al primer recuadro, lo paso en un salto sintiendo mis pechos moverse... seguida por Él.
Me agacho, a la pata coja desequilibrada... antes de caerme sus manos cogen mi cintura y su miembro erecto y duro llena mi sexo.
Tranquila - me dice - no caerás, recoge la piedra. Se separa de mí, dejando mi sexo abierto... ansiosa por volver a cogerla.
Cada parada es más larga, más jugosa, mis labios gotean por el deseo de llegar a un orgasmo después de ser penetrada por su verga... su verga preciosa... Una parada suma un polvo al polvo anterior, hasta llegar a 10, por dos orgasmos míos en cada uno de ellos...
Y la Charranca finaliza en el décimo cielo, con las piernas chorreando y afónica de tanto grito desesperado. La cara desencajada, la mirada ida.
Podré volver a jugar... ¿por favor?